23 de mayo de 2009

Evocaciones gombrowiczianas


Quién me iba a decir a mí que leyendo a Gombrowicz iba a evocar cierta figura política. Hablo de Ferdydurke, de la edición del Círculo de Lectores del año 1974, traducida directamente por Anna Rubió y Jerzy Slawomirski a partir de la edición polaca, ignorando la primera traducción al castellano que hiciera el propio Gombrowicz en el Café Rex de la calle Corrientes a mediados de los años cuarenta, rodeado y ayudado por una cohorte de amigos y admiradores. En ella puede leerse:

¿Qué se puede esperar de un hombre que ha recibido tres calabazas consecutivas y cada vez de manera más imfame? Un hombre así arreglado, ¿no debería marcharse, esconderse en algún lugar, donde no lo vean? ¿Puede ser sana la insuficiencia que, ávida de honores, desfila en pleno día? ¿Cómo queréis que no le dé hipo a la naturaleza?

Cambiando de tercio, en el capítulo cuarto de la misma novela -todo un ensayo contra la Forma y lo establecido-, escribe el autor polaco-argentino sobre lo que rodea al Arte:

La obra sale a la calle, llega al lector, y lo que ha sido engendrado a fuerza de sufrimiento total y absoluto se recibe muy parcialmente, entre una llamada telefónica y una chuleta de cerdo. Aquí, el escritor que nos nutre con su alma, su corazón, su arte, su trabajo y su sufrimiento; allí, el lector que no quiere, y si quiere, quiere como quien no quiere, quiere hasta que suena el teléfono [...] ¿No véis, pues, cuántos factores de los más diversos y a menudo extraestéticos (la enumeración de los cuales podría prolongarse monótonamente hasta el infinito) conforman la grandeza del artista y de su obra?